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Comunicación || Communication

Artículo
 
Editor
Aguado, Juan Miguel jmaguado@um.es
Contribuciones incorporadas
Lydia Sánchez, J. M. Aguado
Ámbito de uso
Transdisciplinar
Tipo
concepto
Francés
Communication
Alemán Kommunikation, Verbindung, Mitteilung

Contenidos


1. Tres dimensiones de un fenómeno complejo

a) La dimensión organizacional

b) La dimensión interaccional

c) La dimensión significante

2. La concepción informacionalista de la comunicación

3. La concepción sociocultural de la información



1. Tres dimensiones de un fenómeno complejo

Desde la perspectiva de la complejidad resulta posible trazar un hilo de continuidad entre las  tres dimensiones epistemológicas de la comunicación: su dimensión organizacional, su dimensión interaccional y su dimensión significante.

a) La dimensión organizacional

La comunicación y la información entran en el corazón de la transformación epistemológica contemporánea de la mano de la Teoría de la Matemática de la Comunicación, de Shannon y Weaver, y de su desarrollo en el marco de la Teoría de Sistemas inaugurada por Bertalanffy y la Cibernética wieneriana. La dimensión organizacional y adaptativa del concepto de comunicación es resumida por Norbert Wiener en los siguientes términos:

Damos el nombre de información al contenido de lo que es objeto de intercambio con el mundo externo, mientras nos ajustamos a él y hacemos que se acomode a nosotros. El proceso de recibir y utilizar información consiste en ajustarnos a las contingencias de nuestro medio y vivir de manera efectiva dentro de él... Vivir de manera efectiva significa poseer la información adecuada. Así pues, la comunicación y la regulación constituyen la esencia de la vida  interior del hombre tanto como de su vida social” (Wiener, Cibernética y Sociedad, 1969:18)

La información es, pues, asociada al orden (en el sentido de regularidades organizacionales) al tiempo que producto de ese mismo orden organizacional. Si la información es la materia de la lógica organizacional compleja, la comunicación es, entonces, el proceso por antonomasia de esa misma dinámica organizacional. Es en esta concepción de la información, así como en la relevancia organizacional del proceso comunicativo donde parece residir la base de la dimensión interaccional de la información y la comunicación que introduce el fenómeno en el ámbito significacional humano.

b) La dimensión interaccional

Existir, para un ser vivo, es estar relacionado. Ningún organismo puede desarrollarse de manera duradera alejado de los demás, hasta tal punto que la red de relaciones entre el organismo y su entorno, entre el organismo y otros organismos, parece ser una condición ineludible de la vida. Esta condición de relación es común a todos los seres vivos y no sólo a los humanos. Sobre la base de su condición organizacional, y en tanto la organización viviente constituye un ejemplo refinado de la organización compleja, la comunicación se erige en lógica interaccional entre seres vivos.

Ahora bien, es preciso distinguir aquí la concepción de la comunicación como lógica interaccional (coordinación conductual) entre seres vivos y aquella otra de la comunicación como práctica significante. Si en el ámbito de la primera existe un cierto consenso en cuanto a cierta ‘ecología conductual’, en el de la segunda no se observa un consenso definitivo. Así, por ejemplo, Pradier (1985) o Mac Roberts y Mac Roberts (1980) inciden en la necesaria presencia de intencionalidad para poder hablar de comunicación en un sentido natural. En cierto sentido, estos y otros autores presuponen la autoconciencia como un requisito comunicacional que, a la postre, circunscribe el fenómeno al ámbito de lo humano, como plantea Cassirer desde la filosofía neokantiana (1998). Invalidan así, desde esta perspectiva, las aportaciones de la etología (Lorenz, 1972; Tinbergen, 1979; y von Frisch, 1957) y la zoosemiótica (Sebeok, 1972) que apuntan, de una forma u otra, a una línea evolutiva entre la comunicación en su sentido biológico y la comunicación significante que caracteriza a las interacciones humanas.

Por el contrario, manteniendo una saludable distancia respecto de los supuestos neodarwinistas de la sociobiología, Maturana y Varela (1996) parten de las bases biológicas del fenómeno social para determinar la comunicación como una clase de conducta recursiva, esto es, una conducta especializada en la coordinación conductual. Precisamente en virtud de esta cualidad de conducta coordinadora de conductas, estos autores señalan que toda forma social se asienta sobre una conducta comunicativa, en tanto la coordinación conductual constituye la expresión fenoménica y la condición de posibilidad de lo social.

c) La dimensión significante

El interaccionismo simbólico constituye el punto de partida de la trayectoria teórica que transforma el constructivismo epistemológico y psicológico en constructivismo social, con un triple intermedio relevante: la microsociología sistémica de la Escuela de Palo Alto Watzlawick et alt., 1981), la microsociología interaccional de Goffman (1970) y la etnometodología de Garfinkel (1967). Esta corriente constructivista, que progresivamente desplaza su centro de gravedad del proceso cognitivo al proceso simbólico, atraviesa la evolución histórica de los estudios sobre comunicación social como respuesta a los paradigmas asentados sobre la hipótesis de la ‘caja negra’ (ya sea en el nivel de la relación mente-conducta, ya en el nivel de la relación sociedad-acción).

En particular George Herbert Mead asentó la perspectiva interaccional como respuesta crítica al conductismo y su esquema estímulo-respuesta, planteando una crucial llamada de atención sobre la “experiencia interna del individuo” y la naturaleza simbólica de las relaciones interindividuales. El peso influyente de Mead puede, en este sentido, rastrearse  hasta la Teoría de la Acción Comunicativa de Habermas (1987) y las tesis fenomenológico-constructivistas de Berger y Luckmann (1979).

En su célebre Mind, Self and Society, Mead (1970) propuso una teoría de la formación social del “sí mismo” (self), como una instancia en la que el individuo desarrolla la autoconciencia a partir de su capacidad de adoptar los puntos de vista de los otros. Esta suerte de reflexividad externalizada constituye aquí el proceso catalizador en la génesis del yo social autoconsciente.

La propuesta de Mead eleva a la comunicación a condición de posibilidad de lo humano, en su doble dimensión social e individual, en tanto que configura el territorio donde tienen lugar las interacciones que, en el nivel socio-cognitivo, constituían el foco de interés del constructivismo epistemológico. Por otra parte, la llamada de atención sobre la naturaleza social de esos mismos procesos internos, que el conductismo colocaba tras el velo de la caja negra, hace de la teoría de Mead el catalizador de aquellas perspectivas que fijan su atención en los sujetos y los procesos, frente a la posición privilegiada que, por ejemplo, el funcionalismo otorgaba a las estructuras y las regularidades normativas.

Es, precisamente, sobre la base de la propuesta meadiana de la comunicación como principio fundamental de la organización social y de la constitución del yo, sobre la que Habermas (1987:134ss) concluye una nueva fundación de la sociología en términos de teoría de la comunicación.

A partir de Mead (y, ciertamente, también de las aportaciones del Giro Lingüístico en Filosofía y Sociología), el pensamiento sobre el sujeto deviene pensamiento de la comunicación intersubjetiva. El proceso de objetivación del yo dibujado por el interaccionismo simbólico constituye, en este sentido, una expresión socio-lingüística de la reflexión epistemológica sobre la condición del observador.

Con la concepción interaccional cambia también radicalmente la forma de concebir la relación entre el sujeto individual y el sistema social. Ambos ya no pueden pensarse como exteriores uno a otro, ya que son el lenguaje, los esquemas cognitivos, las reglas y valores de la colectividad el punto de referencia desde el cual el sujeto puede dar sentido a su acción. A su vez la acción social posee un sentido que es a la vez “subjetivo”, el sentido que los participantes le atribuyen, y “objetivo”, objetivado, exteriorizado en las expresiones, las pautas y normas de las relaciones. Entender, por tanto, cómo un sujeto construye una imagen de sí supone abarcar dentro del campo de análisis (tanto desde la perspectiva de las relaciones sociales como desde la de las expresiones lingüísticas) sus interacciones con los otros, así como los sistemas de significación y valoración y las reglas que rigen los comportamientos y las relaciones.

2. La concepción informacionalista de la comunicación

A partir de la consideración simbólica de la comunicación y bajo la poderosa influencia del modelo de Shannon y Weaver, el proceso de la comunicación humana es genéricamente definido como un tipo de acción simbólica en la que un emisor decide intencionadamente iniciar el proceso de enviar un mensaje a un receptor, a través de un canal, para expresar así un cierto significado. El emisor codifica el significado a través de unos símbolos, signos o representaciones concretas, que pueden ser verbales o no verbales, y que llevan asociadas unas interpretaciones convencionales que el receptor también conoce (código). De este modo, el receptor destinatario del mensaje puede construir interpretaciones similares o paralelas a las pretendidas por el emisor. El receptor recibe los signos, los identifica y descodifica, utilizando su conocimiento de los significados convencionales asociados a los símbolos. Como resultado de la interpretación del mensaje, el receptor ve alterada sus disposiciones a la conducta.

En este proceso, emisor y receptor se suelen intercambiar los papeles constante y simultáneamente, utilizando todo tipo de claves derivadas del contexto que hacen posible la comprensión adecuada del mensaje. Los procesos comunicativos son, por tanto, transaccionales, simultáneos e interactivos. Emisor y receptor se ven involucrados en un proceso mutuo de cooperación en la construcción del mensaje. 

Ahora bien, a menudo interferencias de tipo cognitivo, psicológico, social, cultural,  pueden alterar la correcta interpretación del mensaje por parte del receptor. No obstante, la coincidencia absoluta no suele ser una condición necesaria para que se produzca la comunicación. En general, conseguimos intercambiar información aunque el grado de precisión en la interpretación no sea absoluto.

En el caso de la comunicación interpersonal, este problema de imprecisión semántica se suele contrarrestar con la capacidad de respuesta (feedback) por parte del receptor, y la capacidad que tiene el emisor de ponerse en el lugar del receptor (función del role-taking).  Ambas funciones sirven para evitar, en la medida de lo posible, la brecha semántica entre ambos interlocutores. El receptor puede indicar al emisor, con respuestas tanto verbales como no verbales, cómo debe interpretar el mensaje. Por otro lado, el emisor puede ajustar su mensaje poniéndose en el lugar de su interlocutor, facilitando así que la interpretación del receptor se ajuste al significado original pretendido. En la función de role-taking, el emisor se imagina el mensaje desde el punto de vista del receptor, considerando si éste podrá entenderlo tal y como ha sido formulado, o si por el contrario necesita modificarlo. 

3. La concepción sociocultural de la comunicación

Hasta aquí, hemos caracterizado la comunicación como transmisión de información. La comunicación como transmisión de información ha constituido el modelo predominante a la hora de teorizar sobre la naturaleza de los actos comunicativos. Sin embargo, la comunicación también sirve otras funciones. Algunos autores (Carey, 1989; Van Zoonen, 1994; Radford 2005) subrayan que la comunicación está relacionada con la idea de comunión, asociación, poner en común, participar, compartir (del nombre en latín communicatio). Desde este punto de vista, la comunicación tiene una clara función socializadora ya que contribuye a la construcción y mantenimiento de la comunidad a través de rituales, relatos, creencias y valores compartidos.

 
Referencias 
  • ABRIL, G. (1997). Teoría general de la información. Madrid: Cátedra.
  • AGUADO, J.M. (2003). Comunicación y cognición. Sevilla: Comunicación Social Ediciones.
  • BERGER, P. y LUCKMANN, T. (1979). La construcción social de la realidad, Buenos Aires: Amorrortu.
  • CASSIRER, E. (1998). Filosofía de las formas simbólicas. Vol. I. México: Fondo de Cultura Económica.
  • FRISCH, K. von (1957). La vida de las abejas. Barcelona: Labor.
  • GARFINKEL, H. (1967). Studies in Ethnometodology. Englewood Cliffs, N.J., Prentice- Hall.
  • GOFFMAN, E. (1970). Ritual de la Interacción, Buenos Aires: Tiempo Contemporáneo.
  • HABERMAS, J. (1987). Teoría de la acción comunicativa 1. Racionalidad de la acción y racionalización social. Madrid: Taurus.
  • HABERMAS, J. (1989). Teoría de la acción comunicativa II: Crítica de la razón funcionalista. Madrid: Taurus.
  • LORENZ, K. (1972). El comportamiento animal y humano. Barcelona: Plaza y Janés.
  • MAC ROBERTS, M. H. y MAC ROBERTS, B. R. (1980). «Toward a minimal definition of animal communication». The Psychological Record, 30. 
  • MEAD, G. H. (1970). Espíritu, persona y sociedad. Buenos Aires: Paidós.
  • PRADIER, .L. M. (1985). «Bio-logique et semio-logique». Degrés, 42-43.
  • SANCHEZ, L. (2008). «El fenómeno de la comunicación», en Duran, J. y Sánchez, L. (eds.) Industrias de la comunicación audiovisual. Barcelona: Publicacions i edicions de la Universitat de Barcelona. Col. Comunicación activa
  • SEBEOK, T. A. (1972). Perspectives in Zoosemiotics, The Hague: Mouton.
  • SHANNON, G. E. y WEAVER, W. (1981). Teoría matemática de la comunicación. Madrid: Forja.
  • TINBERGEN, N. (1975). Estudios de Etología, I y II, Madrid: Alianza Universidad.
  • VARELA, F. (1996). Conocer. Las ciencias cognitivas: tendencias y perspectivas. Cartografía de las ideas actuales. Barcelona: Gedisa.
  • WATZLAWICK, P. y otros (1988). La realidad inventada. Barcelona: Gedisa.
  • WATZLAWICK, P., BEAVIN, J. y JACKSON, D. (1981). Teoría de la comunicación humana, Barcelona, Herder.
  • WIENER, N. (1969). Cybernetics and Society, Cambridge, MIT Press.
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Lydia Sánchez (30-03-2009)
 
Las diferentes definiciones del término “comunicación”[1] que se pueden encontrar en la literatura subrayan diferentes aspectos de dicho fenómeno. Se trata de un fenómeno complejo que abarca desde la comunicación animal[2], hasta las diferentes formas de comunicación humana: interpersonal, grupal, de masas, institucional, cultural, etc. Centrándonos en la comunicación humana, se suele entender que los actos comunicativos requieren de un emisor que decide intencionadamente[3] iniciar el proceso de enviar un mensaje a un receptor, a través de un canal, para expresar así un cierto significado. El emisor codifica el significado a través de unos símbolos, signos o representaciones concretas, que pueden ser verbales o no verbales, y que llevan asociadas unas interpretaciones convencionales que el receptor también conoce. De este modo, el receptor destinatario del mensaje puede construir interpretaciones similares o paralelas a las pretendidas por el emisor. El receptor recibe los signos, los identifica y descodifica, utilizando su conocimiento de los significados convencionales asociados a los símbolos. Como resultado de la interpretación del mensaje, el receptor ve alterada sus disposiciones a la conducta.
 
En este proceso, emisor y receptor se suelen intercambiar los papeles constante y simultáneamente, utilizando todo tipo de claves derivadas del contexto que hacen posible la comprensión adecuada del mensaje. Los procesos comunicativos son por tanto, transaccionales, simultáneos e interactivos. Emisor y receptor se ven involucrados en un proceso mutuo de cooperación en la construcción del mensaje. 
 
Ahora bien, a menudo interferencias de tipo cognitivo, psicológico, social, cultural,  pueden alterar la correcta interpretación del mensaje por parte del receptor. No obstante, la coincidencia absoluta no suele ser una condición necesaria para que se produzca la comunicación. En general, conseguimos intercambiar información aunque el grado de precisión en la interpretación no sea absoluto.
 
En el caso de la comunicación interpersonal, este problema de imprecisión semántica se suele contrarrestar con la capacidad de respuesta (feedback) por parte del receptor, y la capacidad que tiene el emisor de ponerse en el lugar del receptor (función del role-taking).  Ambas funciones sirven para evitar, en la medida de lo posible, la brecha semántica entre ambos interlocutores. El receptor puede indicar al emisor, con respuestas tanto verbales como no verbales, cómo debe interpretar el mensaje. Por otro lado, el emisor puede ajustar su mensaje poniéndose en el lugar de su interlocutor, facilitando así que la interpretación del receptor se ajuste al significado original pretendido. En la función de role-taking, el emisor se imagina el mensaje desde el punto de vista del receptor, considerando si éste podrá entenderlo tal y como ha sido formulado, o si por el contrario necesita modificarlo.

Hasta aquí, hemos caracterizado la comunicación como transmisión de información. La comunicación como transmisión de información ha constituido el modelo predominante a la hora de teorizar sobre la naturaleza de los actos comunicativos. Sin embargo, la comunicación también sirve otras funciones. Algunos autores (Carey, 1989; Van Zoonen, 1994; Radford 2005) subrayan que la comunicación está relacionada con la idea de comunión, asociación, poner en común, participar, compartir (del nombre en latín communicatio). Desde este punto de vista, la comunicación tiene una clara función socializadora ya que contribuye a la construcción y mantenimiento de la comunidad a través de rituales, relatos, creencias y valores compartidos.



[1] Ver Sánchez, L. (2008) “El fenómeno de la comunicación”, en Duran, J. y Sánchez, L. (eds.) Industrias de la comunicación audiovisual. Barcelona: Publicacions i edicions de la Universitat de Barcelona. Col. Comunicación activa.

[2] Hay quien piensa (Cassirer, por ejemplo) que sólo se puede hablar propiamente de comunicación humana, ya que sólo los humanos usan un sistema de símbolos. Los animales, en cambio, usan señales.

[3] Para algunos autores la intencionalidad no es una condición necesaria de la comunicación. Watzlawick, por ejemplo, pensaba que no es posible no comunicar. Según este autor, toda conducta en presencia de otra persona es comunicación.

 
 
Juan Miguel Aguado (02/11/2009)
 
Desde la perspectiva de la complejidad resulta posible trazar un hilo de continuidad entre las  tres dimensiones epistemológicas de la comunicación: su dimensión organizacional, su dimensión interaccional y su dimensión significante.

a. La dimensión organizacional

La comunicación y la información entran en el corazón de la transformación epistemológica contemporánea de la mano de la Teoría de la Matemática de la Comunicación, de Shannon y Weaver, y de su desarrollo en el marco de la Teoría de Sistemas inaugurada por Bertalanffy y la Cibernética wieneriana. La dimensión organizacional y adaptativa del concepto de comunicación es resumida por Norbert Wiener en los siguientes términos:

Damos el nombre de información al contenido de lo que es objeto de intercambio con el mundo externo, mientras nos ajustamos a él y hacemos que se acomode a nosotros. El proceso de recibir y utilizar información, consiste en ajustarnos a las contingencias de nuestro medio y vivir de manera efectiva dentro de él... Vivir de manera efectiva significa poseer la información adecuada. Así pues, la comunicación y la regulación constituyen la esencia de la vida  interior del hombre tanto como de su vida social” (Wiener, Cibernética y Sociedad, 1969:18)

La información es, pues, asociada al orden (en el sentido de regularidades organizacionales) al tiempo que producto de ese mismo orden organizacional. Si la información es la materia de la lógica organizacional compleja, la comunicación es, entonces, el proceso por antonomasia de esa misma dinámica organizacional. Es en esta concepción de la información, así como en la relevancia organizacional del proceso comunicativo donde parece residir la base de la dimensión interaccional de la información y la comunicación que introduce el fenómeno en el ámbito significacional humano.

b. La dimensión interaccional

Existir, para un ser vivo, es estar relacionado. Ningún organismo puede desarrollarse de manera duradera alejado de los demás, hasta tal punto que la red de relaciones entre el organismo y su entorno, entre el organismo y otros organismos, parece ser una condición ineludible de la vida. Esta condición de relación es común a todos los seres vivos y no sólo a los humanos. Sobre la base de su condición organizacional, y en tanto la organización viviente constituye un ejemplo refinado de la organización compleja, la comunicación se erige en lógica interaccional entre seres vivos.

Ahora bien, es preciso distinguir aquí la concepción de la comunicación como lógica interaccional entre seres vivos y aquella otra de la comunicación como práctica significante. Si en el ámbito de la primera existe un cierto consenso en cuanto a cierta ‘ecología conductual’, en el de la segunda no se observa un consenso definitivo. Así, por ejemplo, Pradier (1985) o Mac Roberts y Mac Roberts (1980) inciden en la necesaria presencia de intencionalidad para poder hablar de comunicación en un sentido natural. En cierto sentido, estos y otros autores presuponen la autoconciencia como un requisito comunicacional que, a la postre, circunscribe el fenómeno al ámbito de lo humano. Invalidan así, desde esta perspectiva, las aportaciones de la etología (Lorenz, 1972; Tinbergen, 1979; y von Frisch, 1957) y la zoosemiótica (Sebeok, 1972) que apuntan, de una forma u otra, a una línea evolutiva entre la comunicación en su sentido biológico y la comunicación significante que caracteriza a las interacciones humanas.

Por el contrario, manteniendo una saludable distancia respecto de los supuestos neodarwinistas de la sociobiología, Maturana y Varela (1996) parten de las bases biológicas del fenómeno social para determinar la comunicación como una clase de conducta recursiva, esto es, una conducta especializada en la coordinación conductual. Precisamente en virtud de esta cualidad de conducta coordinadora de conductas, estos autores señalan que toda forma social se asienta sobre una conducta comunicativa, en tanto la coordinación conductual constituye la expresión fenoménica y la condición de posibilidad de lo social.

c. La dimensión significante

El interaccionismo simbólico constituye el punto de partida de la trayectoria teórica que transforma el constructivismo epistemológico y psicológico en constructivismo social, con un triple intermedio relevante: la microsociología sistémica de la Escuela de Palo Alto Watzlawick et alt., 1981), la microsociología interaccional de Goffman (1970) y la etnometodología de Garfinkel (1967). Esta corriente constructivista que progresivamente desplaza su centro de gravedad del proceso cognitivo al proceso simbólico, atraviesa la evolución histórica de los estudios sobre comunicación social como respuesta a los paradigmas asentados sobre la hipótesis de la ‘caja negra’ (ya sea en el nivel de la relación mente-conducta, ya en el nivel de la relación sociedad-acción).

En particular George Herbert Mead asentó la perspectiva interaccional como respuesta crítica al conductismo y su esquema estímulo-respuesta, planteando una crucial llamada de atención sobre la “experiencia interna del individuo” y la naturaleza simbólica de las relaciones interindividuales. El peso influyente de Mead puede, en este sentido, rastrearse  hasta la Teoría de la Acción Comunicativa de Habermas (1987) y las tesis fenomenológico-constructivistas de Berger y Luckmann (1979).

En su célebre Mind, Self and Society, Mead (1970) propuso una teoría de la formación social del “sí mismo” (self), como una instancia en la que el individuo desarrolla la autoconciencia a partir de su capacidad de adoptar los puntos de vista de los otros. Esta suerte de reflexividad externalizada constituye aquí el proceso catalizador en la génesis del yo social autoconsciente.

La propuesta de Mead eleva a la comunicación a condición de posibilidad de lo humano, en su doble dimensión social e individual, en tanto que configura el territorio donde tienen lugar las interacciones que, en el nivel socio-cognitivo, constituían el foco de interés del constructivismo epistemológico. Por otra parte, la llamada de atención sobre la naturaleza social de esos mismos procesos internos que el conductismo colocaba tras el velo de la caja negra, hace que la teoría de Mead el catalizador de aquellas perspectivas que fijan su atención en los sujetos y los procesos, frente a la posición privilegiada que, por ejemplo, el funcionalismo otorgaba a las estructuras y las regularidades normativas.

Es, precisamente, sobre la base de la propuesta meadiana de la comunicación como principio fundamental de la organización social y de la constitución del yo, sobre la que Habermas (1987:134 y stes) concluye una nueva fundación de la sociología en términos de teoría de la comunicación.

A partir de Mead (y, ciertamente, también de las aportaciones del Giro Lingüístico en Filosofía y Sociología), el pensamiento sobre el sujeto deviene pensamiento de la comunicación intersubjetiva. El proceso de objetivación del yo dibujado por el interaccionismo simbólico constituye, en este sentido una expresión socio-lingüística de la reflexión epistemológica sobre la condición del observador.

Con la concepción interaccional cambia también radicalmente la forma de concebir la relación entre el sujeto individual y el sistema social. Ambos ya no pueden pensarse como exteriores uno a otro, ya que son el lenguaje, los esquemas cognitivos, las reglas y valores de la colectividad el punto de referencia desde el cual el sujeto puede dar sentido a su acción. A su vez la acción social posee un sentido que es a la vez “subjetivo”, el sentido que los participantes le atribuyen, y “objetivo”, objetivado, exteriorizado en las expresiones, las pautas y normas de las relaciones. Entender, por tanto, cómo un sujeto construye una imagen de sí supone abarcar dentro del campo de análisis (tanto desde la perspectiva de las relaciones sociales como desde la de las expresiones lingüísticas) sus interacciones con los otros, así como los sistemas de significación y valoración y las reglas que rigen los comportamientos y las relaciones.

  
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